¿Cómo funciona la agricultura ecológica?

cómo funciona la agricultura ecológica

Llevo tiempo dándole vueltas a una historia que me está volviendo loca. Es acerca de cómo funciona la agricultura ecológica. Todo empezó a finales del año pasado cuando leí un artículo en El País sobre la comida ecológica y la huella ecológica que me hizo replantearme muchas cosas. Hay multitud de factores a tener en cuenta pero, para simplificar el post, podríamos decir que el planteamiento sería algo así como agricultura ecológica versus agricultura convencional.

No voy a ahondar demasiado en la agricultura convencional porque es la más habitual, pero sí quiero recordaros que tiene sus orígenes en la revolución industrial para mejorar la productividad y uso de mano de obra en el campo. Su objetivo era conseguir una producción más eficiente y así producir una mayor cantidad de alimento para la, aún útopica, erradicación del hambre en el planeta.

La agricultura ecológica, por su parte, apuesta por una explotación agrícola autónoma basada en la utilización óptima de los recursos naturales sin emplear productos químicos, sintéticos ni organismos genéticamente modificados. Es aquí, precisamente, donde radica el quid de la cuestión: en las diferencias en el uso de productos químicos. Resulta que quienes se oponen o, al menos, no son partidarios de la agricultura ecológica, utilizan su rechazo a los químicos como principal argumento porque, al no usarlos, en el momento que surgen enfermedades o plagas se para la producción. Y si toda la agricultura fuese ecológica, esto implicaría un freno en seco para el consumo. O, por el contrario, ocupar nuevos terrenos para cultivar. Pero deberían ser tantos para abastecer a la población mundial que incluirían hasta los protegidos.

Otros de los inconvenientes de la agricultura ecológica es la llamada huella ecológica. Técnicamente es un indicador del impacto ambiental generado por la demanda humana que se hace de los recursos y está relacionada con la capacidad ecológica de la Tierra de regenerar sus recursos. Como es un concepto bastante complicado, nos centraremos en la huella de carbono (CO2 que se emite en todas las fases de elaboración de un producto) y en la huella hídrica (cantidad de agua que se utiliza). Ninguna de estas dos informaciones aparecen en el etiquetado de los productos ecológicos, pues en ellos solo se indica que todo lo utilizado es natural. Una estrategia de marketing que ha logrado calar en la mente del consumidor hasta conseguir asociar lo ecológico con lo bueno.

La cuestión, por tanto, sería reducir la huella ecológica. Algo que ha conseguido la agricultura tradicional con planteamientos como las semillas modificadas genéticamente, a lo que se opone totalmente la agricultura ecológica. Como podéis ver, no he solucionado mis dudas pero, al menos, sé mucho más sobre el tema. Lo que sí puedo aseguraros es que ver algunos de los cultivos ecológicos en España es una maravilla. El sabor de sus frutas y hortalizas, también. Incluso los propios horticultores me han reconocido el ahorro en fertilizantes y antiplagas. Sin embargo, he de reconocer que el planteamiento solo es posible a pequeña escala y para consumidores de proximidad. Quizás, por eso, y después de empaparme de todo este mundillo, prefiero optar por una postura intermedia con la agricultura sostenible. En ella se asienta la agricultura ecológica pero, a diferencia de ella, no rechaza el progreso y ha ido ido evolucionando a base de experimentación.

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